EXPERIENCIA
FUNDANTE
En tiempos en que se perseguía a
los sacerdotes que no querían una
iglesia nacional francesa sino que pertenecían
fieles a Roma, Pedro Coudrin huye de Poitiers
y se esconde en un granero durante cinco
meses. Mientras afuera la historia seguía
su curso devastador, Pedro sentía
que la única actitud viable era “humillarse
bajo la poderosa mano de Dios”. En
esas disposiciones estaba, cuando una noche
tuvo una especie de visión, que es
bueno recoger de sus propios labios:
“Un día, vuelto
a mi granero, después de haber
dicho la misa, me arrodillé junto
al corporal en que yo creía tener
siempre al Santísimo Sacramento.
Vi entonces lo que somos ahora. Me pareció
que estábamos varios reunidos;
formábamos un grupo grande de misioneros
que debía llevar el Evangelio a
todas partes. Mientras pensaba, pues,
en esta sociedad de misioneros, me vino
también la idea de una sociedad
de mujeres (...). Yo me decía (...),
habrá una sociedad de mujeres piadosas
que cuidará de nuestros asuntos
mientras nosotros estemos en misión
(...)”.
Antes que nada, se sintió escogido
por Dios entre miles. Se sintió amado
por Él. Luego, se sintió llamado
a fundar una comunidad misionera, algo así
como una llamarada de celo, que llevara
el Evangelio a todas partes, sin límites
de fronteras.