Los desafíos de la fe frente al cambio climático

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Por Nicolás Viel ss.cc.
 
Estamos viviendo como colegio una semana especial, donde la reflexión en torno a las problemáticas del medioambiente han dado lugar a interesantes encuentros y reflexiones. La pandemia del coronavirus, junto al mar de muerte y dolor que acarrea, irrumpió y cuestionó fuertemente la idea de “normalidad” y la relación del ser humano con su entorno y la naturaleza. Desde la perspectiva medioambiental y ante la crisis del cambio climático nos preguntamos: ¿queremos volver a esa “normalidad” en que la Tierra y sus pobres ya no resisten más?

Como muchos otros, los problemas medioambientales siempre conllevan la paradoja que quienes más contribuyen en el daño, no son lo más perjudicados. En el caso del cambio climático, se hace evidente que la realidad de los países más empobrecidos no les permite aplicar una sólida estrategia y así enfrentar los efectos de este complejo desafío medioambiental. Por una parte sabemos que las consecuencias son múltiples (alza de las temperaturas, sequías, inundaciones, huracanes, elevación del nivel del mar, infertilidad del suelo, entre otras), y no afectan a todos de manera homogénea.
 
Por otra parte, esta desigualdad en los efectos, también se observa de manera escandalosa dentro de los mismos países, especialmente cuando sus marcos institucionales favorecen la privatización de los recursos naturales, principalmente hídricos. Ciertamente no sólo estamos en presencia de una crisis ambiental, sino de un grave asunto de justicia y desigualdad cotidiana.
 
El costo de las crisis medioambientales generalmente lo pagan los más vulnerables, quienes muchas veces deben incluso abandonar sus países y culturas, en busca de condiciones básicas de subsistencia y paz social. Por ejemplo, el Banco Mundial estima que el cambio climático expulsará de sus países a 143 millones de personas en los próximos 30 años, y la Annual Review of Economics sostiene que las variaciones de temperaturas y de patrones de precipitación, aumentan sistemáticamente el riesgo de conflictos sociales. Sólo estos antecedentes, entre muchos otros, ya nos permiten sostener que estamos en un momento crítico, y que si no hay acciones concretas que permitan un cambio de paradigma, vamos a un camino sin retorno. Sin embargo, el Papa Francisco siempre deja abierta la puerta de la esperanza, la cual “nos invita a reconocer que siempre hay una salida, que siempre podemos reorientar el rumbo, que siempre podemos hacer algo para resolver los problemas” (Cf. Laudato si, 61).

El marco de referencia para cualquier reflexión medioambiental desde una perspectiva creyente, ha sido la encíclica Laudato si, la cual además de abrir el camino hacia una nueva narrativa religiosa de ecología integral, constituye una crítica frontal al modelo de sociedad capitalista, con sus modos de producción y consumo. Esto se debe al hecho de que “una estrategia de cambio real exige repensar la totalidad de los procesos, ya que no basta con incluir consideraciones ecológicas superficiales mientras no se cuestione la lógica subyacente en la cultura actual”. (Cf. Laudato si, 197).
El cambio climático no sólo es un problema medioambiental. En la medida que los recursos naturales están en manos del mercado, la ciudadanía no se encuentra organizada, y el aparato público no tiene las herramientas políticas y jurídicas suficientes para enfrentar sus apabullantes efectos. Esta es también una crisis de democracia y de los valores que la sustentan.

El modelo neoliberal que opera de marco referencial en nuestras sociedades, trae consigo lo que algunos autores han denominado “la razón neoliberal”, la cual configura todos los aspectos de nuestra existencia desde una lógica económica, anulando de ese modo los elementos básicos de la democracia, como la transparencia, la participación ciudadana o legitimación social de las leyes (Cf. Wendy Brown, El pueblo sin atributos). En este sentido el neoliberalismo es un modo distintivo de razón, que define una conducta y un esquema de valoración. En su lógica, enfrentar desafíos como el del cambio climático se hace sumamente complejo, puesto que tanto las personas como los Estados buscan únicamente maximizar su capital desde una lógica exclusivamente económica. De esta manera, el compromiso del Estado y la ciudadanía con los temas medioambientales se subordinan al proyecto de crecimiento económico, que muchas veces se disfraza de política social, validando así las desigualdades.
 
La economización de la ciudadanía y en definitiva de la democracia, a través de la razón neoliberal, nos constituye como homo oeconomicus en todas las esferas y actos de nuestra vida dentro de la cual el sujeto se entiende a sí mismo como miembro de una empresa que busca su máximo rendimiento económico y eficiencia.

Cuando la esfera política se expresa en términos económicos, se desvanece el fundamento democrático, desde el cual los ciudadanos pueden organizarse para atender y enfrentar colectivamente las consecuencias de los problemas medioambientales. De esta manera, la razón neoliberal funciona con una lógica de mercado que nos deja desconectados e indiferentes de lo público o de los problemas comunes. Dentro de esta lógica la justicia, la paz o la sustentabilidad ambiental se pueden buscar en la medida en que ayudan a propósitos económicos.

Por otra parte, la economización de lo político nos insensibiliza frente a las consecuencias del cambio climático, porque la razón neoliberal se ha enraizado de un modo muy profundo en el sujeto, su lenguaje y sus prácticas cotidianas, al punto que esta misma anula las aspiraciones humanas que están “más allá” de lo económico. Este escenario es perjudicial para enfrentar como sociedad las consecuencias de las crisis medioambientales.

La crisis ecológica plantea la necesidad de un cambio fundamental en la forma dominante de organizar la vida colectiva en el mundo contemporáneo. En este contexto, parece urgente re-politizar el debate medioambiental. Sin recuperar lo político y los valores democráticos de participación y ciudadanía efectiva, se seguirá socavando la respuesta que como sociedad podemos y debemos ofrecer. Sólo  recuperando la participación ciudadana y la dimensión social de nuestra fe, podremos sentar las bases para transitar hacia un futuro justo y sostenible.
 
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