Las pobrezas que nos duelen y las ausencias que nos configuran

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por Nicolás Viel ss.cc.
 

“Hoy me toca a mí vivir de prestado y morir de lo mío,
sentir, desnudo, la infinita fragilidad de lo humano”. (Esteban Gumucio)

Ha pasado casi un año desde que la Organización Mundial de la Salud declaró que el coronavirus es una pandemia mundial. Nunca nos imaginamos que un año después estaríamos igual o peor. Y no podemos dar ningún plazo certero de cara al futuro. La única certeza que se vislumbra en estos tiempos, es la conciencia de que la gran mayoría de las cosas que nos suceden en la vida, caen fuera del rango de lo que podemos controlar. La vulnerabilidad a la que estamos expuestos y la fragilidad de nuestro propio planeta, nos recuerda nuestra asombrosa dependencia de unos con otros, en todos los ámbitos y momentos de nuestra vida.

Aunque a todos nos ha cambiado en algo la vida, viendo como tantas planificaciones se vienen abajo, sabemos que la vida de la mayoría pobre ha cambiado radical e irreversiblemente. No sabemos bien sobre los efectos a largo plazo del virus, pero sabemos por las cifras que el Covid-19 ha empujado a 100 millones de personas a la pobreza extrema. También hemos visto como cientos de familias, muchas de ellas llevadas adelante solo por mujeres, han visto como sus proyectos y sueños se rompen a pedazos. Para que decir de la pandemia que hay dentro de la pandemia, me refiero a la soledad y al abandono que ha quedado al descubierto.
 
Hace pocos días se presentó el Catastro Nacional de Campamentos 2020-2021, realizado por la Fundación Techo. El informe refleja que la cantidad de familias  viviendo en estos asentamientos, presenta un máximo histórico desde el año 1996.  El informe arrojó que actualmente en Chile viven 81.643 familias que habitan 969 campamentos, mientras el informe anterior del 2019, daba cuenta 47.050 familias en 802 campamentos. Esto supone un aumento de un 73,52% en la cantidad de familias y de un 20,32% en el número de asentamientos. Si nos centramos en la región de Valparaíso, podemos decir que pasamos en dos años de 11.228 familias a 23.843 (112%) y el número de campamentos aumentó de 181 a 225 (24.31%).

Esta realidad nos supone un enorme desafío como comunidad y nos lleva a preguntarnos si podremos estar a la altura de esta dramática situación. También valdría la pena preguntarse si nuestros estilos de vida nos permiten conocer y palpar la nueva realidad social que vivimos como país. Más que nunca necesitamos ponerle rostro a todas estas estadísticas que nos van llegando. Necesitamos conocer más de cerca esta realidad, para que nuestra vida y nuestra oración se vaya llenando de nombres, luchas y esperanzas concretas.

Esto no quiere decir que tengamos que olvidarnos de aquellas familias de nuestra propia comunidad que están pasando muchas dificultades. Para nada. Tenemos que seguir atentos a lo que pasa al interior de nuestra comunidad, pero necesitamos una mirada más ancha para tomarle realmente el pulso a la situación que estamos viviendo como país. Y el amor del evangelio siempre nos lleva a la pregunta de ¿y ahora qué? ¿cuál es el paso que viene? ¿cuál es el riesgo que vamos a asumir en nombre del evangelio?
 
En pocos días más comenzaremos una nueva semana santa. Este hermoso y fundamental tiempo litúrgico puede ser un gran antídoto para el exceso de ruido y palabra que irrumpen en nuestra vida, especialmente para quienes gastamos mucho tiempo del día en las redes sociales y vivimos distraídos. No nos viene mal salir un poco de nuestra auto-referencialidad y afán de protagonismo. Como expresaba un sacerdote amigo “de vez en cuando nos viene bien, descansar un poco de nosotros mismos”. No nos viene mal cambiar el selfie, por una mirada atenta al interior de nuestra vida, con sus grietas y cansancios.

En estos días de calma cansada y de preguntas que no encuentran respuesta, pero se siguen planteando, nos puede venir bien adentrarnos en este camino de la semana santa, que es una condensación de los aspectos más fundamentales del evangelio y de nuestra propia vida. Cada uno sabe cómo las experiencias de  fraternidad, servicio, soledad, entrega, ausencia y las experiencias de resurrección encuentran eco en nuestra historia. Vivir esta semana santa en comunidad nos puede ayudar a sentirnos vinculados entre nosotros y nos puede ayudar para renovar ese amor que sostiene nuestra vida.

Estamos en un tiempo donde la muerte se hace cercana y se hace palpable ese elemento de provisionalidad de toda vida humana. Esto que parece angustioso, es una coordenada para vivir una vida que valga la pena, para gastar nuestros días en causas que tengan sentido.
 
Quizás en este tiempo de pandemia y fragilidad, muchos hemos perdido a alguien cercano. No está demás recordar que las ausencias de nuestra vida, nos configuran. La memoria de los que no están ya son parte de lo que somos. La memoria de lo vivido no se puede perder, aunque se pierda a la persona. Algo de esto vivieron los discípulos con la muerte de Jesús. Y fue esa memoria de la vida entregada, que les permitió proclamar la resurrección y ponerlos en marcha para una aventura de amor que invitaba a entregar la vida entera.

¡Que tengan una muy buena semana santa!
 
 
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